lunes, 13 de julio de 2009


DESGARRO

La luz se colaba por un pequeño desgarro de la cortina. Un desgarro en la parte superior a la izquierda. Un desgarro que debía de llevar allí demasiado tiempo esperando su oportunidad. Una oportunidad para un porqué, si lo que se busca es un sentido cuando se dispone del tiempo suficiente para encontrarlo. Entonces y solo entonces, muchas explicaciones salen a luz. Y fue la capacidad de Fermat de saber ver más que mirar, la que tornó ese deterioro, ese desperfecto, entre tantos otros de más difícil solución en aquel lugar, en causa y efecto a la vez.
Fermat llevaba demasiadas noches intentando encontrar, más que buscar, una postura cómoda, para un cuerpo demasiado largo y corpulento, en un sillón de escai marrón oscuro, desgastado y desconchado. Demasiadas, para recordar cómo era la sensación de estirarse completamente sobre una superficie mullida y llenar todo el espacio, (había probado con el suelo pero era demasiado duro). Tantas como la impulsiva, radiante y alegre Noa, prácticamente había dejado de moverse, de hablar, de mirar con sus ojos de noche cerrada y de jugar con su larga y ondulada melena negra en un continuo acto a caballo entre el nerviosismo y la coquetería… Demasiado tiempo había pasado desde que dejó de ser ella misma.
A pesar de todo su cuerpo de hombre maduro pero no cansado, centinela fiel, aunque quejicoso, ya había aceptado la situación, muy al contrario que su mente, que libraba ardua batalla contra la razón.
Si descansar era una epopeya, dormir lo era mucho más. No obstante, la duermevela era lo que le permitía seguir allí, sin derrumbarse.
Al abrir los ojos tras desistir de un sueño intermitente, Fermat contempló un atrayente camino de luz. Un casi palpable rayo materializado entre la oscuridad. Un descarado haz refulgente que iluminaba una porción de la piel blanca de Noa. Una piel que él conocía a la perfección. Una piel que sería capaz de percibir entre cientos, entre miles, entre millones de pieles por su olor, por su tersura, por su tacto, por su sabor… Una piel lienzo de vida.
Con la cabeza apoyada sobre una mano izquierda. Una mano que Fermat no reconocía como propia, a causa del adormecimiento que le devolvía la extremidad mal colocada, miró el efecto de la descarada luminiscencia sobre la superficie de Noa, y por un momento, en un solo momento, todo cambio.
Aquel imperfecto circulo blanco que manaba del desgarro entre un mar de oscuridad lo hizo despertar. Lo hizo ver, sin apenas mirar.
Nunca antes había visto tan claro. Nunca antes, había intuido con tanta fuerza donde radicaba la belleza. Luz y lienzo, nada más ni nada menos.
Fermat llevaba mucho tiempo en tierra de nadie sin apenas respirar… Demasiado sin engendrar quimeras en su interior. Demasiado en manos de aquel monstruo invisible, que sin avisar habían hecho acto de presencia, imponiéndole su dolor en carne ajena.
Intento tras intento habían sido estériles. Esfuerzos infecundos no habían logrado vencer la parálisis que el dolor le había impuesto. Nada. Nada brotaba, mientras los descomunales seres de esquinas rectas y tersas pieles se burlaban de él apoyados sobre los muros.
Pero en aquel instante, en aquel insignificante pero preciso lapsus en el que la luz mantenía la eterna batalla con las sombras en el exterior de aquel deprimente lugar, todo, todo le fue revelado con la rotundidad de una patada.
Le había costado una vida poder recrear el movimiento y huir de la inmovilidad. Había invertido su existencia en la posibilidad de plasmar la perfecta belleza de la inclinación, de la convulsión, del estremecimiento, de la inestabilidad de los cuerpos… Sin embargo, en aquel insignificante soplo de postura incomoda, en aquel instante de mirada cansada, toda su vida dejó de tener transcendencia.
Noa como un todo, ya sin pulso, ya sin calor, ya sin color, se entregaba a él. Sobre su perfecto, terso y blanco cuerpo le ofrecía oportunidad de rectificar ofreciéndose como último regalo de vida. Luz, oscuridad, piel y estatismo, y un nuevo camino, infinitamente corto en soledad.

martes, 20 de mayo de 2008

MORIR DE PASION


Los ojos me duelen.
Son las cuatro de la madrugada y soy incapaz de dejarlo.
Sé que mañana me espera un largo día, pero soy incapaz de dejarlo.
Palabra tras palabra, página tras página se va apoderando de mi conciencia, de mi voluntad, y me hace suyo.
Su rápida lectura me ata lentamente a su alma,
a una historia ajena que se enreda en mi mente apretando sus firmes,
aunque transparentes cuerdas.
El viejo y cansado reloj de pared hace sonar cinco campanadas,
que oigo a lo lejos y sigo leyendo.
Seis campanadas suenan ahora y el pitido de un despertador me sobresalta.
No. No puedo dejarlo ahora, digo en voz alta mientras apago el mordaz alertador y sigo leyendo. El mundo continuará su frenética carrera hoy sin mí, pienso y sigo leyendo.
Lo hallaron con una sonrisa en los labios y un libro entre las manos, como único compañero.

AMARRES NO CADENAS


Parece mentira lo que pueden chillar los silencios.

Como pesan los momentos en los que se querría decir, preguntar, ordenar, comunicar y la respiración o cualquier otro sonido le roba el lugar, no el protagonismo, a las palabras que quedan presas de una garganta sumisa del cerebro.

Las palabras son libres, no la voz con la que, para ser oídas, hay que hacerlas vibrar. Su opresión causa malestar o en su virtud excitación, mientras en una loca necesidad de existir, buscan la yema de los dedos o la punta rígida del lápiz para volar y cumplir con el fin que el sentir las concibió.

Puede que no sea complaciente intentar ser, ademar de estar a cada momento, ni tampoco fácil, pero la satisfacción de saber quien se es, engorda la cadena que aun apretando, para recordarte su existencia, nunca permite que puedas sentirte preso. La libertad radica en la percepción de las cosas no en las cosas en sí.

Solo se puede ser libre si la libertad anida en el interior. Las peores barreras nunca fueron físicas.

lunes, 7 de abril de 2008

SIN PALABRAS


Desnuda, dispuesta, entregada.
Sentada al borde de la incómoda banqueta ella espera.
El oído, hilo conductor de su excitación,
es la base que el olfato utiliza para hacer que su sexo cobre vida.
Siente su presencia cercana pero ansia más proximidad.
Cada uno de los sutiles roces, es una sensación placentera que la domina, poseyéndola.
Ha aceptado sus condiciones.
Debe de dejarse llevar. Solo se le permite sentir.
Dientes que presionan.
Lengua que humedece y recorre una piel caliente.
Dedos que acarician.
Manos que palpan lugares oscuros mientras un pañuelo sujeta.
Respiración sin compás.
Deseo contenido.
Pasión que explota y una puerta que se cierra.

ABRIENDO BOCA: CRÓNICA DE LOS SENTIDOS


Al salir del sopor del sueño, un gran golpe de calor me
invade. Está amaneciendo, pero el calor de la noche anterior
no remite. Las sábanas huelen a sudor en singular,
están mojadas, pero esta humedad es pesada y desagradable,
humedad huella de lágrimas, sudor y sexo en solitario.
Me repito una y otra vez que esto no puede continuar
así. Mi mente solo es una recopilación de recuerdos que,
más que darme la vida, van mermando la poca que pueda
albergar en este sobrevivir a nada, puesto que cuando se
cree haber vivido todo, ¿qué queda por hacer más que dejar
que llegue el descanso para el cuerpo y para la mente? Mi
cuerpo está tan muerto, pero a la vez tan ávido de vida, de
su vida, que da luz a la mía. Él es el motor de mi sentir,
pues qué es la vida si no se siente, solo horas y horas vacías
sin sentido, porque Él es el sentido de mi vida y mi vida
solo tiene sentido si Él está. Mi mente se alimenta día a
día con esos recuerdos que de tanto rememorarlos ya no
sé si son reales o imaginarios, porque me parecen tan maravillosos
que dudo que yo haya podido vivirlos. Despertar
con otra humedad tan distinta a esta... aquella era una
humedad complaciente. Lo que ahora es una inmensa cama
vacía, puesto que sobre la cama mi cuerpo no deja huella
(creo que terminaré por desaparecer si sigo así), pero eso
me gustaría tanto... desaparecer, esfumarme, menguar y
menguar hasta dejar de estar, de existir. Una cama llena,
una cama con dos cuerpos, que más que parecer dos eran
un perfecto nudo, donde cuatro piernas, cuatro brazos,
cuatro manos, se enlazaban tan perfectamente, recorriendo
cada cuerpo como si fuese el propio, pegados uno al
otro hasta llegar a ser uno solo. El olor de su sudor era el
afrodisíaco más potente del mundo para mis sentidos,
potenciándolos a un nivel increíble, todos los poros de mi
piel se abrían como bocas hambrientas de su tacto, de su piel.
Mi cuerpo solo era deseo, puro deseo que solo se colmaba
con el reinicio del juego entre los dos y su humedad en
mis manos, en mi cuerpo, en la almohada, en todo. Su olor
lo invadía todo, me invadía a mí, me llenaba a mí, hasta me
desposeía de mi propio yo, para solo ser una prolongación
suya. Odio despertar sin su cuerpo, sin su boca, sin su sexo
invadiendo el mío, me odio a mí misma...
Tengo que meterme en la ducha y refrescar al
menos mi cuerpo porque mi interior es incapaz de cambiar
de temperatura. Pondré algo de música, para dejar ir
la mente, aunque siempre va al mismo lugar, Él, siempre
Él, todo es Él, lo invade todo, Él es pasado sin dejarme ser
presente y sin esperanzas de futuro.
Abro el grifo de la ducha y sale el agua fría, no
demasiado para sofocar el calor que siento. Me meto dentro,
las gotas de agua fría salen precipitadamente, rebotando
contra mi piel caliente, que parece transformarlas en
vapor. El calor que siente mi cuerpo en su interior parece
querer esfumarse por cada uno de los poros de mi piel,
escaparse de esa cárcel que es mi cuerpo, cárcel de sensaciones
contenidas, cárcel de recuerdos con ansias de
tornarse de nuevo realidades, cárcel. Noto cómo el agua
apacigua en cierta forma mi ansiedad, noto cómo acaricia
mi piel, deslizándose hacia abajo lentamente... sus manos
por mi cuerpo, haciendo que el jabón se deslizase por todas
partes, me cubrían como una segunda piel, sin dejar un
solo lugar donde no llegasen, sus manos y sus hábiles dedos,
largos y cuidados, lentamente, surcándome entera. Él sabía
muy bien cómo hacer de una ducha el mejor de los sueños
tornado realidad, Él sabía cómo mezclar el jabón con el
agua, y su boca, esa boca que recorría mi piel como el riego
sanguíneo recorría todas las venas de mi cuerpo, dándole
vida, esa boca que aprisionaba mis pezones erectos
por el agua fría, esos labios calientes, esa lengua más húmeda
todavía que la misma agua y esos dientes que sabían acariciar
cuando mordían en su justa medida para transformar
la presión en placer. Sus manos recorrían mi cuerpo
como si fuesen las manos de alguien que no ve y debe reconocer
por el tacto. Cada vez que alguna parte su cuerpo
invadía el mío, dejaba de ser yo, transformándome solo en
una prolongación suya, eso, yo era solo una parte de Él, y
sin Él no era nada. Necesitaba de sus caricias, sus roces, su
excitación para sentirme viva. El contacto de su cuerpo
pegado al mío sin más separación que el agua fría, que
cuando tocaba nuestros cuerpos perdía inmediatamente su
frialdad para tornarse en casi esencia nuestra, debido al
calor de nuestros cuerpos sedientos. Era una sensación
extrema notar cómo su deseo iba en aumento con tanta
ansia como el mío. Mi sexo, una gruta que manaba jugos
de su interior hasta que el suyo me invadía, aplacando su
sed y la mía. Lo sentía mío, lo notaba dentro muy dentro
de mí, le suplicaba en un lenguaje sin palabras que nunca
me vaciase de Él, que era parte suya y estallábamos en un
orgasmo compartido, no en dos, porque eran complemento
el uno del otro, perdurando una eternidad. Él lo prolongaba,
porque enlazaba uno con otro, como si fuesen uno
solo, Él me llevaba muy lejos de aquí, muy lejos de mí, de
la visión que siempre había reconocido de mí frente a los
demás y al espejo, me hacía abandonar mi cuerpo para solo
ser energía, solo ser placer. Todo era placer, para luego
hacerme regresar y volverme a lanzar al universo del sentir
una y otra vez. Ahora solo había agua fría y soledad,
solo eso soledad y la canción que sonaba me hacía sentir
mucho más mis pensamientos.
Aunque tú
me has dejado en el abandono,
aunque ya han muerto todas mis ilusiones,
en vez de maldecirte con justo encono,
en mis noches te colmo,
en mis noches te colmo
de bendiciones…

INVITACIÓN

Te miro y te vuelvo a mirar.
Nunca de frente sino más bien indirectamente.
Te observo través de una sutil cortina, que vuela,
cual tul al elevarse desde mi taza caliente, de la que bebo, pausada y tranquilamente.
Me gusta tomar el té contigo, aunque tú no lo tomes. Nunca te gustó.
Aun sin tu percibirlo, nunca lo hiciste, yo te observo, bebiendo de ti, que a una distancias corta sonríes.
Te descubro en cada mirada, aunque sea lo único, que según los demás puedo hacer.
La hora del té, cada días te la dedico, mientras tu quieta imagen en la fotografía y mis recuerdos, paran el tiempo.