
DESGARRO
La luz se colaba por un pequeño desgarro de la cortina. Un desgarro en la parte superior a la izquierda. Un desgarro que debía de llevar allí demasiado tiempo esperando su oportunidad. Una oportunidad para un porqué, si lo que se busca es un sentido cuando se dispone del tiempo suficiente para encontrarlo. Entonces y solo entonces, muchas explicaciones salen a luz. Y fue la capacidad de Fermat de saber ver más que mirar, la que tornó ese deterioro, ese desperfecto, entre tantos otros de más difícil solución en aquel lugar, en causa y efecto a la vez.
Fermat llevaba demasiadas noches intentando encontrar, más que buscar, una postura cómoda, para un cuerpo demasiado largo y corpulento, en un sillón de escai marrón oscuro, desgastado y desconchado. Demasiadas, para recordar cómo era la sensación de estirarse completamente sobre una superficie mullida y llenar todo el espacio, (había probado con el suelo pero era demasiado duro). Tantas como la impulsiva, radiante y alegre Noa, prácticamente había dejado de moverse, de hablar, de mirar con sus ojos de noche cerrada y de jugar con su larga y ondulada melena negra en un continuo acto a caballo entre el nerviosismo y la coquetería… Demasiado tiempo había pasado desde que dejó de ser ella misma.
A pesar de todo su cuerpo de hombre maduro pero no cansado, centinela fiel, aunque quejicoso, ya había aceptado la situación, muy al contrario que su mente, que libraba ardua batalla contra la razón.
Si descansar era una epopeya, dormir lo era mucho más. No obstante, la duermevela era lo que le permitía seguir allí, sin derrumbarse.
Al abrir los ojos tras desistir de un sueño intermitente, Fermat contempló un atrayente camino de luz. Un casi palpable rayo materializado entre la oscuridad. Un descarado haz refulgente que iluminaba una porción de la piel blanca de Noa. Una piel que él conocía a la perfección. Una piel que sería capaz de percibir entre cientos, entre miles, entre millones de pieles por su olor, por su tersura, por su tacto, por su sabor… Una piel lienzo de vida.
Con la cabeza apoyada sobre una mano izquierda. Una mano que Fermat no reconocía como propia, a causa del adormecimiento que le devolvía la extremidad mal colocada, miró el efecto de la descarada luminiscencia sobre la superficie de Noa, y por un momento, en un solo momento, todo cambio.
Aquel imperfecto circulo blanco que manaba del desgarro entre un mar de oscuridad lo hizo despertar. Lo hizo ver, sin apenas mirar.
Nunca antes había visto tan claro. Nunca antes, había intuido con tanta fuerza donde radicaba la belleza. Luz y lienzo, nada más ni nada menos.
Fermat llevaba mucho tiempo en tierra de nadie sin apenas respirar… Demasiado sin engendrar quimeras en su interior. Demasiado en manos de aquel monstruo invisible, que sin avisar habían hecho acto de presencia, imponiéndole su dolor en carne ajena.
Intento tras intento habían sido estériles. Esfuerzos infecundos no habían logrado vencer la parálisis que el dolor le había impuesto. Nada. Nada brotaba, mientras los descomunales seres de esquinas rectas y tersas pieles se burlaban de él apoyados sobre los muros.
Pero en aquel instante, en aquel insignificante pero preciso lapsus en el que la luz mantenía la eterna batalla con las sombras en el exterior de aquel deprimente lugar, todo, todo le fue revelado con la rotundidad de una patada.
Le había costado una vida poder recrear el movimiento y huir de la inmovilidad. Había invertido su existencia en la posibilidad de plasmar la perfecta belleza de la inclinación, de la convulsión, del estremecimiento, de la inestabilidad de los cuerpos… Sin embargo, en aquel insignificante soplo de postura incomoda, en aquel instante de mirada cansada, toda su vida dejó de tener transcendencia.
Noa como un todo, ya sin pulso, ya sin calor, ya sin color, se entregaba a él. Sobre su perfecto, terso y blanco cuerpo le ofrecía oportunidad de rectificar ofreciéndose como último regalo de vida. Luz, oscuridad, piel y estatismo, y un nuevo camino, infinitamente corto en soledad.
La luz se colaba por un pequeño desgarro de la cortina. Un desgarro en la parte superior a la izquierda. Un desgarro que debía de llevar allí demasiado tiempo esperando su oportunidad. Una oportunidad para un porqué, si lo que se busca es un sentido cuando se dispone del tiempo suficiente para encontrarlo. Entonces y solo entonces, muchas explicaciones salen a luz. Y fue la capacidad de Fermat de saber ver más que mirar, la que tornó ese deterioro, ese desperfecto, entre tantos otros de más difícil solución en aquel lugar, en causa y efecto a la vez.
Fermat llevaba demasiadas noches intentando encontrar, más que buscar, una postura cómoda, para un cuerpo demasiado largo y corpulento, en un sillón de escai marrón oscuro, desgastado y desconchado. Demasiadas, para recordar cómo era la sensación de estirarse completamente sobre una superficie mullida y llenar todo el espacio, (había probado con el suelo pero era demasiado duro). Tantas como la impulsiva, radiante y alegre Noa, prácticamente había dejado de moverse, de hablar, de mirar con sus ojos de noche cerrada y de jugar con su larga y ondulada melena negra en un continuo acto a caballo entre el nerviosismo y la coquetería… Demasiado tiempo había pasado desde que dejó de ser ella misma.
A pesar de todo su cuerpo de hombre maduro pero no cansado, centinela fiel, aunque quejicoso, ya había aceptado la situación, muy al contrario que su mente, que libraba ardua batalla contra la razón.
Si descansar era una epopeya, dormir lo era mucho más. No obstante, la duermevela era lo que le permitía seguir allí, sin derrumbarse.
Al abrir los ojos tras desistir de un sueño intermitente, Fermat contempló un atrayente camino de luz. Un casi palpable rayo materializado entre la oscuridad. Un descarado haz refulgente que iluminaba una porción de la piel blanca de Noa. Una piel que él conocía a la perfección. Una piel que sería capaz de percibir entre cientos, entre miles, entre millones de pieles por su olor, por su tersura, por su tacto, por su sabor… Una piel lienzo de vida.
Con la cabeza apoyada sobre una mano izquierda. Una mano que Fermat no reconocía como propia, a causa del adormecimiento que le devolvía la extremidad mal colocada, miró el efecto de la descarada luminiscencia sobre la superficie de Noa, y por un momento, en un solo momento, todo cambio.
Aquel imperfecto circulo blanco que manaba del desgarro entre un mar de oscuridad lo hizo despertar. Lo hizo ver, sin apenas mirar.
Nunca antes había visto tan claro. Nunca antes, había intuido con tanta fuerza donde radicaba la belleza. Luz y lienzo, nada más ni nada menos.
Fermat llevaba mucho tiempo en tierra de nadie sin apenas respirar… Demasiado sin engendrar quimeras en su interior. Demasiado en manos de aquel monstruo invisible, que sin avisar habían hecho acto de presencia, imponiéndole su dolor en carne ajena.
Intento tras intento habían sido estériles. Esfuerzos infecundos no habían logrado vencer la parálisis que el dolor le había impuesto. Nada. Nada brotaba, mientras los descomunales seres de esquinas rectas y tersas pieles se burlaban de él apoyados sobre los muros.
Pero en aquel instante, en aquel insignificante pero preciso lapsus en el que la luz mantenía la eterna batalla con las sombras en el exterior de aquel deprimente lugar, todo, todo le fue revelado con la rotundidad de una patada.
Le había costado una vida poder recrear el movimiento y huir de la inmovilidad. Había invertido su existencia en la posibilidad de plasmar la perfecta belleza de la inclinación, de la convulsión, del estremecimiento, de la inestabilidad de los cuerpos… Sin embargo, en aquel insignificante soplo de postura incomoda, en aquel instante de mirada cansada, toda su vida dejó de tener transcendencia.
Noa como un todo, ya sin pulso, ya sin calor, ya sin color, se entregaba a él. Sobre su perfecto, terso y blanco cuerpo le ofrecía oportunidad de rectificar ofreciéndose como último regalo de vida. Luz, oscuridad, piel y estatismo, y un nuevo camino, infinitamente corto en soledad.



