lunes, 7 de abril de 2008

SIN PALABRAS


Desnuda, dispuesta, entregada.
Sentada al borde de la incómoda banqueta ella espera.
El oído, hilo conductor de su excitación,
es la base que el olfato utiliza para hacer que su sexo cobre vida.
Siente su presencia cercana pero ansia más proximidad.
Cada uno de los sutiles roces, es una sensación placentera que la domina, poseyéndola.
Ha aceptado sus condiciones.
Debe de dejarse llevar. Solo se le permite sentir.
Dientes que presionan.
Lengua que humedece y recorre una piel caliente.
Dedos que acarician.
Manos que palpan lugares oscuros mientras un pañuelo sujeta.
Respiración sin compás.
Deseo contenido.
Pasión que explota y una puerta que se cierra.

ABRIENDO BOCA: CRÓNICA DE LOS SENTIDOS


Al salir del sopor del sueño, un gran golpe de calor me
invade. Está amaneciendo, pero el calor de la noche anterior
no remite. Las sábanas huelen a sudor en singular,
están mojadas, pero esta humedad es pesada y desagradable,
humedad huella de lágrimas, sudor y sexo en solitario.
Me repito una y otra vez que esto no puede continuar
así. Mi mente solo es una recopilación de recuerdos que,
más que darme la vida, van mermando la poca que pueda
albergar en este sobrevivir a nada, puesto que cuando se
cree haber vivido todo, ¿qué queda por hacer más que dejar
que llegue el descanso para el cuerpo y para la mente? Mi
cuerpo está tan muerto, pero a la vez tan ávido de vida, de
su vida, que da luz a la mía. Él es el motor de mi sentir,
pues qué es la vida si no se siente, solo horas y horas vacías
sin sentido, porque Él es el sentido de mi vida y mi vida
solo tiene sentido si Él está. Mi mente se alimenta día a
día con esos recuerdos que de tanto rememorarlos ya no
sé si son reales o imaginarios, porque me parecen tan maravillosos
que dudo que yo haya podido vivirlos. Despertar
con otra humedad tan distinta a esta... aquella era una
humedad complaciente. Lo que ahora es una inmensa cama
vacía, puesto que sobre la cama mi cuerpo no deja huella
(creo que terminaré por desaparecer si sigo así), pero eso
me gustaría tanto... desaparecer, esfumarme, menguar y
menguar hasta dejar de estar, de existir. Una cama llena,
una cama con dos cuerpos, que más que parecer dos eran
un perfecto nudo, donde cuatro piernas, cuatro brazos,
cuatro manos, se enlazaban tan perfectamente, recorriendo
cada cuerpo como si fuese el propio, pegados uno al
otro hasta llegar a ser uno solo. El olor de su sudor era el
afrodisíaco más potente del mundo para mis sentidos,
potenciándolos a un nivel increíble, todos los poros de mi
piel se abrían como bocas hambrientas de su tacto, de su piel.
Mi cuerpo solo era deseo, puro deseo que solo se colmaba
con el reinicio del juego entre los dos y su humedad en
mis manos, en mi cuerpo, en la almohada, en todo. Su olor
lo invadía todo, me invadía a mí, me llenaba a mí, hasta me
desposeía de mi propio yo, para solo ser una prolongación
suya. Odio despertar sin su cuerpo, sin su boca, sin su sexo
invadiendo el mío, me odio a mí misma...
Tengo que meterme en la ducha y refrescar al
menos mi cuerpo porque mi interior es incapaz de cambiar
de temperatura. Pondré algo de música, para dejar ir
la mente, aunque siempre va al mismo lugar, Él, siempre
Él, todo es Él, lo invade todo, Él es pasado sin dejarme ser
presente y sin esperanzas de futuro.
Abro el grifo de la ducha y sale el agua fría, no
demasiado para sofocar el calor que siento. Me meto dentro,
las gotas de agua fría salen precipitadamente, rebotando
contra mi piel caliente, que parece transformarlas en
vapor. El calor que siente mi cuerpo en su interior parece
querer esfumarse por cada uno de los poros de mi piel,
escaparse de esa cárcel que es mi cuerpo, cárcel de sensaciones
contenidas, cárcel de recuerdos con ansias de
tornarse de nuevo realidades, cárcel. Noto cómo el agua
apacigua en cierta forma mi ansiedad, noto cómo acaricia
mi piel, deslizándose hacia abajo lentamente... sus manos
por mi cuerpo, haciendo que el jabón se deslizase por todas
partes, me cubrían como una segunda piel, sin dejar un
solo lugar donde no llegasen, sus manos y sus hábiles dedos,
largos y cuidados, lentamente, surcándome entera. Él sabía
muy bien cómo hacer de una ducha el mejor de los sueños
tornado realidad, Él sabía cómo mezclar el jabón con el
agua, y su boca, esa boca que recorría mi piel como el riego
sanguíneo recorría todas las venas de mi cuerpo, dándole
vida, esa boca que aprisionaba mis pezones erectos
por el agua fría, esos labios calientes, esa lengua más húmeda
todavía que la misma agua y esos dientes que sabían acariciar
cuando mordían en su justa medida para transformar
la presión en placer. Sus manos recorrían mi cuerpo
como si fuesen las manos de alguien que no ve y debe reconocer
por el tacto. Cada vez que alguna parte su cuerpo
invadía el mío, dejaba de ser yo, transformándome solo en
una prolongación suya, eso, yo era solo una parte de Él, y
sin Él no era nada. Necesitaba de sus caricias, sus roces, su
excitación para sentirme viva. El contacto de su cuerpo
pegado al mío sin más separación que el agua fría, que
cuando tocaba nuestros cuerpos perdía inmediatamente su
frialdad para tornarse en casi esencia nuestra, debido al
calor de nuestros cuerpos sedientos. Era una sensación
extrema notar cómo su deseo iba en aumento con tanta
ansia como el mío. Mi sexo, una gruta que manaba jugos
de su interior hasta que el suyo me invadía, aplacando su
sed y la mía. Lo sentía mío, lo notaba dentro muy dentro
de mí, le suplicaba en un lenguaje sin palabras que nunca
me vaciase de Él, que era parte suya y estallábamos en un
orgasmo compartido, no en dos, porque eran complemento
el uno del otro, perdurando una eternidad. Él lo prolongaba,
porque enlazaba uno con otro, como si fuesen uno
solo, Él me llevaba muy lejos de aquí, muy lejos de mí, de
la visión que siempre había reconocido de mí frente a los
demás y al espejo, me hacía abandonar mi cuerpo para solo
ser energía, solo ser placer. Todo era placer, para luego
hacerme regresar y volverme a lanzar al universo del sentir
una y otra vez. Ahora solo había agua fría y soledad,
solo eso soledad y la canción que sonaba me hacía sentir
mucho más mis pensamientos.
Aunque tú
me has dejado en el abandono,
aunque ya han muerto todas mis ilusiones,
en vez de maldecirte con justo encono,
en mis noches te colmo,
en mis noches te colmo
de bendiciones…

INVITACIÓN

Te miro y te vuelvo a mirar.
Nunca de frente sino más bien indirectamente.
Te observo través de una sutil cortina, que vuela,
cual tul al elevarse desde mi taza caliente, de la que bebo, pausada y tranquilamente.
Me gusta tomar el té contigo, aunque tú no lo tomes. Nunca te gustó.
Aun sin tu percibirlo, nunca lo hiciste, yo te observo, bebiendo de ti, que a una distancias corta sonríes.
Te descubro en cada mirada, aunque sea lo único, que según los demás puedo hacer.
La hora del té, cada días te la dedico, mientras tu quieta imagen en la fotografía y mis recuerdos, paran el tiempo.