martes, 20 de mayo de 2008

MORIR DE PASION


Los ojos me duelen.
Son las cuatro de la madrugada y soy incapaz de dejarlo.
Sé que mañana me espera un largo día, pero soy incapaz de dejarlo.
Palabra tras palabra, página tras página se va apoderando de mi conciencia, de mi voluntad, y me hace suyo.
Su rápida lectura me ata lentamente a su alma,
a una historia ajena que se enreda en mi mente apretando sus firmes,
aunque transparentes cuerdas.
El viejo y cansado reloj de pared hace sonar cinco campanadas,
que oigo a lo lejos y sigo leyendo.
Seis campanadas suenan ahora y el pitido de un despertador me sobresalta.
No. No puedo dejarlo ahora, digo en voz alta mientras apago el mordaz alertador y sigo leyendo. El mundo continuará su frenética carrera hoy sin mí, pienso y sigo leyendo.
Lo hallaron con una sonrisa en los labios y un libro entre las manos, como único compañero.

AMARRES NO CADENAS


Parece mentira lo que pueden chillar los silencios.

Como pesan los momentos en los que se querría decir, preguntar, ordenar, comunicar y la respiración o cualquier otro sonido le roba el lugar, no el protagonismo, a las palabras que quedan presas de una garganta sumisa del cerebro.

Las palabras son libres, no la voz con la que, para ser oídas, hay que hacerlas vibrar. Su opresión causa malestar o en su virtud excitación, mientras en una loca necesidad de existir, buscan la yema de los dedos o la punta rígida del lápiz para volar y cumplir con el fin que el sentir las concibió.

Puede que no sea complaciente intentar ser, ademar de estar a cada momento, ni tampoco fácil, pero la satisfacción de saber quien se es, engorda la cadena que aun apretando, para recordarte su existencia, nunca permite que puedas sentirte preso. La libertad radica en la percepción de las cosas no en las cosas en sí.

Solo se puede ser libre si la libertad anida en el interior. Las peores barreras nunca fueron físicas.